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CULTURA

La cruz del diablo, el Infernal Patrono

Los aldeanos, exasperados por los atroces actos de injusticia y no encontrando otra vía de salvación, se encomendaron a

26 MAR 2026
La cruz del diablo, el Infernal Patrono

Los aldeanos, exasperados por los atroces actos de injusticia y no encontrando otra vía de salvación, se encomendaron a la Divina Providencia y decidieron tomar las armas: pero el señor del Segre llamó a sus secuaces, y llamó en su ayuda al diablo, se encaramó a su roca y se preparó a la lucha. El Barón maldecía a los hombres que lo enfrentaban y se podía apreciar cómo el diablo emergía en su infernal mirada.


La batalla fue terrible y sangrienta. Los hombres peleaban con todas las armas, en todos sitios y a todas horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en la llanura, en el día y durante la noche. Aquello dejó de ser una lucha por la justicia; ya no era pelear para vivir; era vivir para pelear; el combate no parecía tener final ni descanso alguno.


Una noche oscura, tan oscura como un alma maldita, no se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el cielo. Los señores, vueltos demonios, estaban en la fortaleza, engreídos por una reciente victoria; se repartían el botín formado de oro y mujeres, y estos, ebrios con el vapor de los licores, en mitad de la loca y estruendosa orgía, entonaban sacrílegos cantares en loor de su ahora infernal patrono.


Nada se oía en derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias que rebotaban en las paredes de roca, sonidos demoníacos que palpitaban perdidos en el sombrío seno de la noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los pliegues del huracán de los infiernos.


Los centinelas habían fijado algunas veces sus ojos en la villa que reposaba silenciosa; no tenían de qué preocuparse. El vino los hizo confiados; Morfeo los visitó. Se habían dormido sin temor a una sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí que algunos aldeanos, resueltos a morir y protegidos por la sombra, comenzaron a escalar el cubierto peñón del Segre, a cuya cima tocaron a punto de la medianoche.


Una vez en la cima, los aldeanos estaban preparados para representar la historia de Troya: los centinelas encantados en los brazos de Morfeo salvaron de un solo salto el valladar que separa el sueño de la muerte; el fuego, aplicado con teas de resina al puente y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del relámpago a los muros; y los aldeanos estaban escalando, favorecidos por la confusión y abriéndose paso entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar de ojos.


Al señor del Segre estaba acorralado; como un animal lleno de rabia, mostraba sus dientes y gruñía. Los aldeanos le rodeaban con picos y lanzas; los aceros se volvieron rojos y al unísono tiñeron sus armas con la sangre bermeja del maldito Barón del Segre. Aquella noche todos perecieron, sufrieron un pequeño castigo comparado con el que les esperaba en el mismo infierno.


Cuando el cercano día comenzó a blanquear las altas copas de los enebros, humeaban aún los calcinados escombros de las desplomadas torres; y a través de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz y colgada de uno de los negros pilares de la sala del festín, era fácil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de sus oscuros compañeros.


El tiempo, fiel compañero de los hombres, llegó en su auxilio; comenzaron los zarzales a rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse en los oscuros machones y las campanillas azules a mecerse colgadas de las mismas almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el rumor de los reptiles, que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban sólo de vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban el rayo de la luna, y aún podía verse el haz de armas del señor del Segre, colgado del negro pilar de la sala del festín.


Nadie osaba tocarle; causa incesantes terrores para los que le miraban llamear durante el día, herido por la luz del sol, o creían percibir en las altas horas de la noche el metálico son de sus piezas, que chocaban entre sí cuando las movía el viento, con un gemido prolongado y triste.


Lejos los pobladores estaban de vivir tranquilos, pues el diablo, infernal patrono del temido Barón y sus secuaces, ser que a lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda con el permiso de Dios y a fin de hacer purgar a la comarca algunas culpas, volvió a tomar cartas en el asunto. Algo extraño comenzó a suceder entre las sombras, a lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre.


Vagando entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al parecer en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar a aparecer para alejarse en distintas direcciones unas luces misteriosas y fantásticas, cuya procedencia nadie sabía explicar, fuegos fatuos, que velan las ruinas, asegurándose que sus occisos moradores permanezcan tranquilos.


Esto se repitió por tres o cuatro noches durante el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos esperaban inquietos el resultado de aquellos conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres o cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios pusieron en alarma a todo el territorio en diez leguas a la redonda.


Ya no quedó duda alguna. En efecto, todos estos actos eran representados por una banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo. vandidos que sólo se presentaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que aun en el día se dilata a lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente a la llanura.


Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas desaparecían, y los niños eran arrancados de las cunas. A pesar de los lamentos de sus desconsoladas madres, los pequeños eran para servirlos en diabólicos festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados sustraídos de las profanadas iglesias servían de copas; sí, sin lugar a dudas se tratan de bandidos desalmados.


El terror llegó a apoderarse de los ánimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre se creían seguros de los bandidos del peñón. Mas, ¿quiénes eran éstos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál era el nombre de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar y que nadie podía resolver hasta entonces…